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Cultura

El poder de deternos y no hacer nada

Autor

Frida Juárez

Publicado el

Pila de piedras apiladas en equilibrio sobre una superficie, con otra más pequeña al fondo y un fondo desenfocado de tonos verdes y amarillos.

Encontrar momentos de inactividad parece, hoy en día, casi imposible para muchos de nosotros, pues vivimos inmersos en un sistema capitalista que nos exige estar siempre alerta, producir sin parar, actuar con un propósito y no perder el tiempo. En Vida contemplativa. Elogio de la inactividad, el filósofo Byung-Chul Han nos invita a redescubrir el valor de la contemplación en un mundo dominado por la productividad, eficiencia e hiperactividad. Para él, el tiempo libre no debería entenderse como un simple descanso entre jornadas laborales —pues de esta forma seguiría atrapado bajo la lógica de la producción—, sino como un espacio de libertad, creatividad y encuentro con lo humano.

Y es que la inactividad es un terreno donde surge lo nuevo, creativo, festivo y comunitario. Por ejemplo, Cézanne lo comprendió bien y, a través de la contemplación, captó la esencia de lo que lo rodeaba y lo plasmó en paisajes y retratos que rompieron con la concepción tradicional de la profundidad de las cosas. Han lo resume con claridad: “La actividad y la acción son ciegas a la verdad”, recordándonos que sólo al detenernos se abre espacio para el pensamiento, la contemplación y lo verdaderamente nuevo.

Para enriquecer esta reflexión, el filósofo recurre a diversas voces; por ejemplo, a Walter Benjamin, quien en su ensayo sobre el concepto de historia retoma el cuadro del Angelus Novus de Paul Klee como una invitación a detenernos y mirar críticamente el pasado. También cita a Roland Barthes, quien concibe a la pereza como un momento de ocio necesario en el que dejamos de afirmar nuestro yo y nos abrimos a lo que acontece.

Otro referente dentro de la reflexión es Heidegger, quien concluye que solo actividades como la fiesta y el juego son capaces de otorgar esplendor a la existencia humana: “La festividad libera a la existencia de la estrechez del propósito y la acción, de las trabazones de la meta y la utilidad”, menciona.

Además, Han retoma la tradición oriental al citar una historia de Zhuangzi, donde un cocinero despieza un buey sin esfuerzo, dejando que el cuchillo siga los huecos ya existentes; no fuerza nada, solo acompaña el movimiento. De esta forma critica las prácticas modernas que alteran el equilibrio natural y, en su lugar, propone dejar que los procesos naturales se desarrollen orgánicamente.

Aprender a detenernos

Tomarse un respiro y no hacer nada es, hoy más que nunca, un acto  político. Y en este breve libro el filósofo Byung-Chul Han nos lo advierte: sin pausas, caemos en la repetición y el agotamiento. Por eso, la contemplación no es una simple pasividad, sino una forma de apertura que nos permite esperar y escuchar, así como nos obliga a reflexionar sobre nuestra responsabilidad con la naturaleza y con nosotros mismos. De hecho, es la única vía para encontrar el equilibrio entre la acción y la reflexión, así como evitar caer en el agotamiento y la desconexión total con la vida.

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