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Cultura

Pensar la ciudad desde efímeros monumentos

Autor

Nabel Gómez

Publicado el

Personas reunidas en un espacio al aire libre con mesas, bicicletas y un puesto de comida.

Es fácil reconocer que la distribución de bienes y servicios en la ciudad es desigual, y lo mismo ocurre con los espacios que ofrecen: escuelas, parques, bibliotecas, cines, hospitales o museos. Si esto sucede con necesidades básicas, es evidente que también pasa con el acceso al arte. Sin embargo, hay artistas que cuestionan su carácter elitista y la idea de que deba ajustarse a la estética del mercado. Son quienes buscan transformar las calles en escenarios donde cualquiera pueda vivir una experiencia artística. Uno de ellos es el suizo Thomas Hirschhorn (1957), cuyas obras resaltan el valor del espacio público, la intervención comunitaria y la creación colectiva de ciudad y arte. 

Entre 1999 y 2013, Hirschhorn creó una serie de obras llamadas Monumentos, instaladas en cuatro ciudades y dedicadas a filósofos que admiraba: Spinoza (Ámsterdam, 1999), Deleuze (Avignon, 2000), Bataille (Kassel, 2002) y Gramsci (Nueva York, 2013). No se buscaba erigir una estatua más sobre pensadores relativamente conocidos, sino convertirse en estandartes de participación pública, alejados de la visión elitista que suele rodear tanto a la filosofía como al arte.

Cada monumento se levantó con la participación de los vecinos, presentes tanto en la construcción como en las actividades posteriores. Estos espacios incluían biblioteca, escenario para teatro, lecturas y debates, talleres e incluso una emisora de radio. Con cada ciudad Hirschhorn aprendía qué mejorar, hasta que el Monumento a Gramsci reunió todas esas experiencias y ofreció eventos diarios mientras estuvo en pie. Al terminar, las estructuras se desmontaban y los materiales se repartían entre la comunidad, recordando su carácter efímero.

Fiel a su intención de llevar el arte fuera de museos y galerías, Hirschhorn eligió barrios pobres o marginados, donde el acceso al arte gratuito es casi nulo. Antes de decidir cada lugar realizaba un estudio de campo, convencido de que ese encuentro con la comunidad era esencial. Como él mismo explicó: “es el momento en el que, a solas con mi idea, me encuentro con el Otro. Es el momento de gracia en el que comprendo, de nuevo, que existe la posibilidad de hablar de arte con todos los Otros. Sin estos encuentros, no se puede tomar ninguna decisión sobre una posible ubicación”.

Contemplar el proceso de creación de estos monumentos permite comprender que el lugar de residencia es reflejo de la desigualdad social, económica y cultural. Pero se trata de una brecha en el acceso, no en la capacidad de entender, apreciar o disfrutar el arte. De ahí la importancia de impulsar más proyectos que integren a la comunidad en experiencias creativas y filosóficas, rompiendo con la idea de que el arte pertenece solo a unos pocos. 

Los Monumentos de Hirschhorn mostraron que el arte puede habitar también en los márgenes de la ciudad, donde la desigualdad suele excluir a la gente de museos y galerías. Aunque fueron frágiles y temporales, permanecen en la memoria de quienes los construyeron y vivieron. A diferencia de los monumentos tradicionales -hechos para durar en mármol o bronce-, estos dependían de la participación vecinal, y en ello radicaba su fuerza. Demostraron que el arte no necesita del lujo para transformar, sino del encuentro. Como señaló el artista: “El Monumento a Gramsci es una contribución para pensar y repensar el arte en el espacio público como una experiencia que puede conducir a una transformación”.

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